Meditación como terapia y meditación como vía de liberación
Fernando Pardo

 

En los últimos años la meditación ha ido conociéndose cada vez más a fondo en Occidente y tomando carta de naturaleza en nuestra cultura. En un principio era reducto de un grupo de personas muy concretas: buscadores que habían ido en pos de la “sabiduría oriental”. En el campo de la psicología, la meditación fue vetada por la psicología conductista y no fue tenida en cuenta hasta la “revolución cognitiva” que inició un nuevo interés por los contenidos mentales, proporcionándoles rango científico.

Podemos observar por lo tanto en Occidente dos enfoques distintos: por un lado el de los buscadores espirituales que siguen enseñanzas de Maestros orientales y por el otro una psicología que intenta un uso práctico de la meditación y que se dedica a estudiar la posibilidad de que la meditación sea útil en terapia para aliviar la ansiedad u otra serie de trastornos. En este segundo caso hay que reconocer que solo ha sido un pequeño grupo de psicólogos el que ha tenido en cuenta las posibilidades terapéuticas de la meditación. Actualmente este enfoque ha recibido un gran impulso de las neurociencias, pues algunos neurociéntificos, con sus nuevos artilugios que permiten ver el cerebro en movimiento, han empezado a estudiar los efectos de la meditación en el cerebro.

En principio la mayoría de los psicólogos y psiquiatras que negaban los efectos de la meditación se basaban en la imposibilidad de que la mente tuviera influencia alguna sobre la materia. Según ellos se trataba de algo que no tenía base científica alguna. Pero actualmente las cosas no están tan claras. Por ejemplo el distinguido neurociéntifico V. S. Ramachandran afirma en su libro Phantoms in the brain: probing the mysteries of the human mind que cualquiera que haya visto desarrollarse un embarazo psicológico no puede dudar ni por un instante de la poderosa influencia que puede tener la mente sobre el cuerpo. Algo similar ha afirmado el psiquiatra y neurociéntifico Jeffrey M. Schwartz, especializado en los trastornos obsesivo-compulsivos que dedica todo un libro, con el significativo título The mind and the brain: neuroplasticity and the power of mental force, a explorar esta posibilidad. Jeffrey Schwarz ha creado una terapia para tratar dicho trastorno basada en las técnicas de meditación.

En el campo de la psicología clínica, es del mayor interés el trabajo de los psicólogos Zindel V. Segal, J. Mark G. Williams y John D. Teasdale en su obra Mindfulnes-based cognitive Therapy for depression: a new approach to preventing relapse que llevan a la práctica las terapias basadas en la meditación que se plasman el trabajo pionero del doctor Jon Kabat-Zinn.

Todos estos enfoques son muy prometedores y ofrecen un base científica para los efectos de la meditación, a la vez que ponen otra vez en el mapa el fascinante campo de la influencia de la mente sobre la materia desde ámbitos alejados de disciplinas tan devaluadas como la parapsicología y el de, la mayoría de las veces, fantasioso mundo de la Nueva Era.

Si bien estas investigaciones abren posibilidades fascinantes, también plantean la eventualidad de que la meditación se vea reducida a algo que se utilice simplemente para mejorar el rendimiento en alguna actividad. Por ejemplo, para perfeccionarse en la práctica de las artes marciales y los deportes, o a la hora de progresar en el aprendizaje de un instrumento musical, o bien en el campo de la psicología para resolver problemas emocionales y psicológicos, aliviar el estrés, etc.

Para muchos practicantes de la meditación este enfoque representa una devaluación de la práctica de la meditación llevándola al campo de lo utilitario. Para otros significa tener un magnifico barco y, en lugar de atravesar con el los océanos, dedicarse a costear.

Muchos psicólogos consideran que si la meditación puede contribuir a aliviar el sufrimiento, debe ser utilizada sin tener en cuenta estas disquisiciones filosóficas. Pero para los practicantes de las disciplinas milenarias de la sabiduría oriental, la meditación utilizada de este modo, lo que hace es pervertir su verdadero sentido. Para ellos esta clase de meditación no nos puede ayudar totalmente a alcanzar nuestra verdadera naturaleza. No nos libera del nacimiento y de la muerte, y sigue fortaleciendo la dicotomía sujeto-objeto que, según esta sabiduría, está en la base de la ignorancia fundamental que nos impide la plenitud.

Hay una cierta verdad en esta argumentación. Es posible que por un lado tengan razón algunos psicólogos que consideran lícito utilizar cualquier medio que tengamos para aliviar el sufrimiento. Pero también es verdad que se le hace un flaco favor a la meditación si se utiliza para amortizar el desasosiego y el estrés producidos por la ridícula sociedad que estamos construyendo los humanos. En la mayoría de ocasiones esta angustia existencial es una sabia advertencia de la mente. Tal vez la solución no esté en acallar esta señal de alarma y apechugar con presiones que solo benefician a cuatro pamplinas que suelen acallar, en su caso, estas señales tirando de la moderna farmacología.

Por otro lado el verdadero “resultado” de la meditación genuina puede ser de tal envergadura que nos lleve a un estado sobre el que el DMSIV o el DMSXX no puedan más que balbucear al intentar describirlo.