Matrices del arte visionario
                                                            Matteo Guarnaccia

 


El arte, más que una necesidad estética, nace de una voluntad mágica. En las sociedades tribales tradicionales, la tarea de gestionar signos y colores, de hilvanar "happening", era delegada al chamán, el cartógrafo de los espacios interiores. Pinturas y dibujos no eran otra cosa que sofisticados medios de transporte para acceder a estados modificados de consciencia. Desde las pinturas rupestres hasta los mandalas tántricos, desde los patterns anicónicos islámicos hasta los sandpaintings navajos, desde los tarots medievales a las letras de los cabalistas hebraicos, cada cultura ha producido sus propios propulsores. Maestros en este campo son desde siempre los tibetanos con sus thangkas, de las que algunas requieren la contribución de la fuerza mágica del observador que debe completar la imagen representada, proyectando sobre ella con el pensamiento las partes que faltan. En la cultura occidental, el advenimiento del cristianismo ha condenado la experiencia visionaria y el mundo onírico, ha penalizado el arte del inconsciente, relegándolo al ámbito del folklore y de la decoración (desde las pobres figuras apotropaich sobre objetos de uso común a las exuberantes vidrieras de las catedrales).

Durante siglos el arte desempeñará un papel propagandístico y balsámico, a los artistas se les pedirá fundalmentalmente que, con su creatividad, conjuren el aburrimiento de las clases dominantes. Recurrentemente, con breves fulgurantes relámpagos, el inconsciente soterrado volverá a hacer oir su voz a tráves de obras de grandes espíritus como El Bosco, Altdorfer, Arcimboldo y Grünenwald. Pero es entre los siglos XVIII y XIX, gracias al romanticismo, que el andamio que sostiene la extraordinaria obra de levantamiento de lo irracional empieza a crujir. En las obras de Friedrich, Blake y Füssli (que comía alimentos indigestos antes de irse a la cama para estimular pesadillas nocturnas) asoman la cabeza, entre resplandores inquietantes, mundos que poseen la misma consistencia febril que los espectros. Con los prerafaelitas, se insinúa una representación de lo femenino silenciosa, pálida y hechizada que hace vacilar a la Razón.

Finalmente, el siglo se cierra gloriosamente entre los esplendores y languideces morbosos de los simbolistas (Böcklin, Redon, Moreau), la metamorfosis vegetal del Art Noveau (Mucha, Beardsley), en un proceso de ebulición alquímica a la que no le resultan extrañas las drogas, el ocultismo, la aproximación a las culturas orientales, el espiritismo y la lucha por la emancipación social.

Del amasijo de polvo y moho fin de siècle, regado por la sangre de la Gran Guerra, surge el s. XX con toda su pesadez.Los surrealistas suspenden la cuarentena y vuelven a frecuentar las wunderkammer secretas de la psique, reivindicando con orgullo sus propias raices en el arte fantástico. Escrutan sistemáticamente todas las formas artísticas "menores", rápidamente relegadas a las categorías de lo insólito y extravagante (desde la ilustración de libros infantiles al arte étnico). Con Breton y socios se difune una comezón que, satisfecha y acompañada por el rock & roll, habría producido en los 60 la explosión visionaria del arte psiquedélico, ligada a la emergencia de una nueva consciencia ecológica, espiritual e igualitaria. Artistas psiconautas que pescan en el inconsciente como chamarileros, crean entre San Francisco y Londres un exuberante arte canalla para un público con chilaba y campanillas que está listo para participar en la subversión visual, para cavar el huerto de lo fantástico. Un arte cromáticamente hipertrófico a un paso del kitsch- una mariposa bombardeada por rayos x- que sobrecarga los circuitos con derivaciones lisergicas intentando elevarse sobre el ojo interior asilvestrado. Un bricolage jactanciosamente irónico, que barre el concepto erróneo que el arte visionario tenga que ser necesariamente sombrío y angustioso. Entre los mayores exponentes de esta heráldica del s. XX, hemos de recordar al australiano Martín Sharp (exaltado explorador del arte del collage), al californiano Rick Griffin (surfista cantor de la gloria líquida marina) y al japonés Tanadori Yokoo (un Doré radioactivo que ha okupado el jardín del Edén). Sus obras, distinguidas por una arrolladora maestría, han ensanchado los estandards de la emancipación óptica y contribuído al fin de la cuaresma minimalista que atenazaba la gráfica editorial y el packaging. Actualmente la escena está bien representada por un anatomista esotérico como Alex Grey, émulo americano del gran visionario ruso Tchelitche, activo en la primera mitad del s. XX.