Reflexiones sobre una iniciación psiquedélica
M.J.

Desde que escribí la primera parte de estas reflexiones, ha pasado ya casi un año; en este tiempo, he repetido con psilocibina, he probado por primera vez ayahuasca y ketamina, pero sigo igual de maravillada que al principio, así que aquí estoy, reflexionando de nuevo sobre el asunto.

Ahora que estoy algo familiarizada con la experiencia psiquedélica (y digo algo porque sigo siendo una novata en estos terrenos), y una vez conocido el estado modificado de consciencia que provoca el visionario, con sus diferentes matices según la sustancia, es decir, cuando ya me he visto capaz de sobrellevar ese trance, me pregunto por el objetivo, por la finalidad del “viaje”.

¿ Por qué hay gente que consume psiquedélicos de forma continuada en el tiempo? ¿Qué buscamos en realidad? ¿Por qué hay personas a las que nos gusta esa alteración de la consciencia y repetimos de vez en cuando, y otras que, una vez probado, no quieren repetir jamás?

No creo que esto tenga mucho que ver con el llamado “vicio”. Yo al menos no considero a los visionarios como una droga “al uso”. Por lo que intuyo, y otras veces oigo, no todos buscamos lo mismo, o más bien, no le damos la misma utilidad. Hay personas para las que la experiencia en sí es ya el objetivo, un magnífico premio, simplemente el hecho de ser capaz de aceptar y disfrutar esa alteración de la consciencia es suficiente. También he observado ciertas actitudes “elitistas” e incluso “endiosadas” en personas que toman psiquedélicos con cierta frecuencia; quizá es fácil caer en ello, es cierto que la sustancia te puede hacer sentir poderoso, pero creo que este talante debiera ser impropio del psiconauta, a mi modo de ver las cosas, lo cual me hace deducir que el resultado, es decir, lo que sobreviene durante y después de la experiencia viene dado no sólo por la sustancia en sí, sino que juega un papel fundamental la personalidad del viajero y sus intenciones.

En fin, en este juego no hay reglas, pero en mi opinión, la sustancia puede dar mucho más de lo que nos da durante el “viaje”; yo la considero más un medio que un fin en sí mismo, es decir, creo que sería una experiencia mucho más enriquecedora si intentáramos arrastrar de
alguna manera ese estado o lo que en él hemos sido capaces de comprender a la realidad ordinaria, que al fin y al cabo es en la que tenemos que vivir la mayor parte de nuestra vida.

Plantearse cuestiones como ¿de qué me sirve a mi tomarme un ácido y pasarme unas horas alucinando en colores? ¿Me puede ayudar a mejorar mi actitud ante la vida? ¿A encontrar caminos hacia la serenidad? ¿A meditar sobre la realidad ordinaria y “otras realidades” no tan evidentes?.

A mí me gustaría que cada viaje me hiciera mejor persona, me preparara un poco más para poder enfrentarme con los problemas cotidianos sin angustia y con un talante positivo, me gustaría que ese estado de lucidez y serenidad que me embarga durante la experiencia psiquedélica me sirviera fuera del trance, y ya puestos, me encantaría alcanzar ese estado sin ingerir sustancia alguna, y por eso mismo la considero un “atajo”, un camino, al igual que lo pueden ser el budismo o la meditación...; son distintas vías para llegar a lo mismo, a alcanzar determinada postura ante la vida, ante las demás personas, ante la naturaleza, una manera de vivir la vida en paz y sobre todo, con alegría.

Por todo ello creo que hay muchísimo que aprender sobre los visionarios y sus utilidades, y quedarse únicamente con las visiones vividas durante unas horas es, en mi opinión, infravalorar de alguna manera la sustancia, aunque de todas formas, en esto de la psiquedelia no hay normas, que cada cual se las arregle como pueda y ojalá a todo el mundo le sirva para mejorar y extraer algo positivo.

Todo esto son elucubraciones de una treintañera que ha descubierto los psiquedélicos no hace mucho, y como podéis ver, a mí me sirve básicamente para comerme el tarro. En la psiquedelia también hay de todo, como en botica....

(y seguiremos reflexionando sobre ello).....