Cerebro y naturaleza de buda
Erik Davis

 

Cualquiera que estudie la mente pronto se topará con una tensión fundamental entre las descripciones de la cognición en primera y en tercera persona. Por un lado, tenemos tres libras de materia gris que florecen encima de una columna post-simiesca: carne que puede ser cartografiada, hurgada, drogada y registrada. Por otro lado, tenemos nuestro propio flujo interno de impresiones, pensamientos, sensaciones y recuerdos; un flujo de consciencia que incluye pensamientos como: "el flujo de consciencia es una ilusión." ¿Cómo integrar ambos mundos? y ¿es una buena idea hacerlo?. Destacados neurocientíficos como Daniel Dennett y Paul & Patricia Churland son reacios a dar mucho peso explicativo al "interior" de la consciencia o a la experiencia, insistiendo en que las explicaciones objetivas de la consciencia son muy superiores si queremos entender como funciona realmente la mente. Dichos pensadores argumentan que la subjetividad puede poseer un innegable atractivo intuitivo, pero nuestra propia experiencia es una fuente poco fiable de información, un cúmulo de ilusiones y mitos que nublan nuestra búsqueda para describir la realidad. Pero en su libro The Embodied Mind (1991), co-escrito con Evan Thompson y Eleanor Rosch, el conocido neurocientífico Francisco Varela, insiste en que la experiencia es un componente irreductible del estudio de la mente. "Negar la verdad de nuestra propia experiencia en el estudio científico de nosotros mismos no solo es insatisfactorio; es interpretar el estudio científicode nosotros mismos sin poseer un tema." Varela y su equipo sugieren que aunque la ciencia cognitiva prosiga profundizando en las bases materiales de la cognición, los investigadores deben equilibrar sus modelos enfrentándolos al "disciplinado análisis transformativo" de la experiencia misma; un análisis proporcionado, en su caso, por la meditación y la filosofía budista. Alumno sincero de Chogyam Trungpa, así como organizador de varios diálogos formales entre el Dalai Lama y científicos occidentales, Varela cree que el budismo proporciona un tipo de herramienta introspectiva muy afinada que ha sido olvidada en Occidente.

La aparición del dharma en una obra de ciencia cognitiva no debe sorprendernos. Durante más de un siglo, el budismo ha sido interpretado por muchos occidentales como una religión "científica," aunque para conseguir una imagen de esta naturaleza deban barrerse bajo la alfombra muchas deidades y rituales populares; por no hablar de la doctrina de la reencarnación.

Pero la intuición básica tiene sentido. Sin tener una creencia en un Dios Creador o un alma eterna, Buda y sus primeros seguidores utilizaban la meditación como una suerte de microscópico psicológico, investigando y deconstruyendo nuestra enraizada sensación habitual de que la primera persona, "yo", realmente existe. Un antiguo texto budista conocido como Abhidharma, que logró su forma definitiva en el 400 a. C., desbroza las cómodas formas de la consciencia ordinaria en un catálogo múltiple de factores mentales y sensoriales que solo podría ser del agrado de un filosofo cognitivo de la tercera persona.

Por su parte, los antiguos yoguis eruditos proba-blemente recibirían el impacto del reciente Zen and the Brain, un voluminoso tomo de 800 páginas escrito por el neurólogo James Austin. Con una inteligencia extraordinaria y un gran aliento, Austin explora la interacción entre el núcleo neurofisiológico y vivencial de la práctica zen. Investigador práctico, más que teórico cognitivo, Austin elude las abstracciones de la filosofía basada en el cerebro y mete las manos en la masa de los detalles. Resumiendo una enorme cantidad de material sobre la ciencia actual del cerebro, y en particular sobre los estudios de los estados modificados de la consciencia y de la meditación, Zen and the Brain parte de una base sólida. La teoría básica de Austin es la de que los momentos pasajeros de visión interior, conocidos en el zen como kensho o satori, básicamente "reformatean" el cerebro, permitiendo que estructuras añejas y habituales de la mente –básicamente aquellas centradas en el "yo, mi, mío"– se disuelvan y reformen en líneas más flexibles, sensibles ycompasivas. Para dichos fines, Austin proporciona un número de hipótesis explícitas que tienen la posibilidad de ser comprobadas, aunque admite que estudiar a practicantes avanzados puede ser algo difícil. "Puede ser algo complejo zambullirse en una práctica auténtica rodeado de todos estos cables, tubos y electrodos," afirma Austin, actualmente jubilado de su puesto en la Universidad de Colorado. "Aunque tal vez a un veterano practicante no le importe."

Además de proporcionar más información sobre el cerebro que la mayoría de los cerebros puedan asimilar, Austin teje pensamientos y experiencias fruto de un cuarto de siglo dedicado a la práctica del zen. "En Occidente llegamos a la religión desde una perspectiva judeocristiana, lo que, por regla general, significa un montón de pensamientos, doctrinas y supuestos," afirma Austin desde su casa en Moscow, Idaho. "El enfoque del zen es más parecido a aprender a ir en bicicleta, a diferencia de, por ejemplo, apuntarse a un curso de astrofísica. Significa poner el culo en el cojín, aprender a confiar en el cuerpo y soltarse." Pero Austin también está en contra de los típicos textos zen que proporcionan descripciones explícitas y metódicas de las visiones propias, así como de despertares espectaculares. Sus análisis, desapasionados y a la vez vivos, convierten a Zen and the Brain en una biografía espiritual del siglo XXI. Como afirma el mismo Austin: "En cierta medida, en el próximo milenio todos seremos neurobiólogos."

Cuando da charlas sobre el zen y el cerebro, Austin proyecta, a menudo, diapositivas de las primeras estatuas de Buda. Normalmente, las cabezas de muchas de estas estatuas muestran una extraña protuberancia, que en ocasiones se identifica como un moño, pero que Austin considera un signo de un poder cerebral superior. "Lo interpreto como una metáfora para la expansión de facultades," afirma. "pero estas nuevas facultades no tienen más magia que el hecho de que los cerebros del Homo sapiens son mayores, más intrincados y eficaces que los cerebros del hombre de Neanderthal. la evolución biológica del cerebro es un hecho, y tengo la esperanza que en otros 2000 años habrá un Homo sapiens sapiens."
A pesar de su gran logro en Zen and the Brain, Austin lamenta que no empezara antes a practicar el budismo. Christopher deCharms, un neurocientífico cognitivo, que trabaja en la actualidad en el Keck Center for Integrative Neuroscienceen la Universidad de California, San Francisco, tal vez fue más afortunado.

Tras estudiar filosofía asiática en la universidad visitó un monasterio tibetano en India justo antes de matricularse en la escuela de neurociencias. Cuando llevaba dos años de doctorado, consiguió una beca de la National Science Foundation para ir a Dharamsala en vistas a estudiar las teorías tibetanas de la mente; una jugada muy poco ortodoxa para un miembro de la élite del cerebro. "No creo que nadie en mi departamento viera positivamente mi viaje, y algunos lo veían de un modo negativo," afirma deCharms, que también practica meditación de estilo vipassana de Sri Lanka. "Casi tuve que pasar por encima de algún cadáver."
Una vez en Dharamsala, deCharms se dio cuenta de que tanto él como los lamas estaban poniendo algo valioso sobre la mesa. "Les podía hablar sobre micrografías electrónicas de recorridos neuronales individuales y de las conexiones cerebrales. A su vez ellos tenían su elaborado y rico catálogo de los distintos procesos internos que podemos encontrar a través de la meditación personal." Fue esta especie de ilustración mutua la que convenció a deCharms que dichos diálogos eran útiles, tanto a científicos como a budistas. "Es intelectualmente muy estimulante poner a prueba la visión de la mente que estás proponiendo, no simplemente frente a contrapropuestas muy semejantes, sino frente a otro modo de pensar. Plantea un montón de nuevas preguntas, preguntas que no hubieras pensado siquiera que pudieran ser tales."
Las preguntas de deCharms –y algunas respuestas– se concretaron en un libro, Two Views of Mind. La obra, una colección de entrevistas y debates bastante arcanos relacionados con la ciencia y la filosofía de la percepción, consigue eludir la superficialidad que envenena la mayoría de los entrecruzamientos entre la ciencia y el pensamiento oriental. "Es muy fácil observar el lenguaje científico y el lenguaje de algunas tradiciones orientales y decir: ‘Suena igual’. Algo que infravalora ambas tradiciones. La tradición meditativa nos habla de algo que ha sido experimentado directamente en el estado contemplativo de un yogui. Lo que es muy distinto a lo que alguien a medido en un osciloscopio en el laboratorio."

La investigación tibetana de deCharms, tan al inicio de su formación, transformó su actitud como científico, ampliando su punto de vista sobre temas que sus colegas seguían considerando con miras estrechas. A su vez, sufrió el suficiente escarnio para no preocuparse en forzar a sus colegas a que leyeran su libro, que público en una editorial de corte budista.
DeCharms atribuye parte de la resistencia a un escepticismo muy enraizado, y en ocasiones al gran pecado de la ignorancia arrogante. "Pero creo que la resistencia principal es simplemente la mentalidad provinciana. La gente está muy atrapada en la "especialitis", si vas y les dices: ‘echad una ojeada a este interesante libro que compara la neurociencia con el budismo tibetano’, contestan: bueno... tengo que leer una pila de artículos sobre la substancia P en la médula espinal.’"

Existen buenas razones para que estas personas sigan hurgando en sus revistas técnicas. Según Bill Press, un practicante zen, que está haciendo un doctorado en el departamento de psicología de Stanford. "Nuestro conocimiento básico en neurociencia no está en el punto en que podamos decir muchas cosas inteligentes." Aunque Press está estudiando el modo en que se procesa la visión en el cortex humano, una de las áreas de la cognición más investigadas, sigue siendo humilde en relación a los logros científicos conseguidos. "Nuestra comprensión del cerebro es tan rudimentaria que prácticamente no somos capaces de describir como se transforman las señales desde la retina hasta llegar a las primeras fases del cortex visual, por no hablar de lo que pasa en una experiencia de iluminación."

Como practicante, Press pone también en entredicho que la ciencia tenga mucha importancia a la hora de sentarse en el cojín de meditación. "Cómo rompecabezas intelectual, es una buena pregunta considerar cómo se relaciona el cerebro con la meditación. Pero creo que cuando llevas a cabo este tipo de práctica, es fácil distraerse intentando comprender estas cosas. En el dharma utilizan la imagen del dedo que señala a la luna. Si quieres ver la luna hay que mirar a la luna no al dedo."

Otros fans del dharma lo ven de otro modo. Wes Nisker, el editor de la revista budista Inquiring Mind, conocido maestro de meditación vipassana, ha publicado recientemente un popular libro llamado Buddha’s Nature (publicado en versión castellana por La Liebre de Marzo), que integra los conceptos darwinianos y neurocientíficos con la práctica de la meditación. "Lo que realmente interesaba a Buda no era tanto la consciencia cósmica como la consciencia biológica," afirma Nisker en su casa de Berkeley. "Buda decía: ve hacia dentro y observa cómo se produce la percepción, observa cómo funciona tu mente reactiva. Lo que están haciendo las ciencias biológicas es ofrecer un gran apoyo a la práctica de la autoconsciencia y de la liberación. Las verdades básicas que surgen de la neurociencia y de la biología son accesibles a nuestra propia experiencia." Uno de los puntos fuertes de Nisker es el de que la perspectiva evolutiva puede ayudarnos a llevar nuestra atención lejos de nuestro condicionamiento personal y trasladarla a nuestro condicionamiento como especie. "Nos obsesionamos en psicologizar nuestra cultura. Pero una gran parte de lo que somos, y del modo en que nos comportamos, depende de la estructura de nuestro cerebro y de nuestro sistema nervioso, más que del aprendizaje con el orinal." Cuando Nisker enseña en retiros de fin de semana, pone sobre el tapete, precisamente por ello, las artes neurocientíficas, y ha comprobado que dicha táctica es muy útil para los principiantes a los que no convence mucho el estilo budista. "Ayuda a la gente a despersonalizar lo que sucede en sus mentes.