La aventura mas lucida
                                                            Mariano Antolin Rato entrevistado por Juan Carlos Usó

Hay un proverbio zen que dice: “Ya se sabe, cuando alguien señala la luna, algunos idiotas miran el dedo”. Mariano Antolín Rato, desde luego, no. Asturiano de nacimiento y madrileño de adopción, este “viajero incorregible” ha escrito y publicado, hasta el momento, ocho novelas y dos ensayos. También es autor de más de cien traducciones, básicamente de escritores estadounidenses (William Burroughs, Raymond Carver, William Faulkner, Scott Fitzgerald, Jack Kerouac, Malcolm Lowry y otros), y colaborador habitual en las páginas culturales de los diarios El Mundo y La Vanguardia, así como en las revistas Letra Internacional, Revista de Occidente y Tiempo, entre otras muchas. Asimismo ha sido profesor en cursos especializados organizados por varias universidades españolas y norteamericanas. Apasionado por el cine y la música, sus conocimientos sobre ambos temas pueden abrumar al simple aficionado.

Lo que son las cosas... si en 1972 era condenado en aplicación de la Ley de Peligrosidad Social, por fumar porros, en 1975 era galardonado con el “Premio de la Nueva Crítica”, por su primera novela, y en 1979 con el “Premio Zikkurath”, por su tercera (la última, hasta ahora, fue seleccionada para el “Premio Nacional de Narrativa”).
Veterano psiconauta, ha sido uno de los pioneros en España en la autoexperimentación con dietilamida de ácido lisérgico al margen de usos clínicos. Personaje clave del Madrid underground, cuando el sueño frío de los opiáceos desplazó al espíritu expansivo de los 60-70, y la célebre movida comenzó a acaparar toda la atención mediática y social, prudentemente se instaló en Pozuelo de Alarcón.Se siente especialmente cómodo en espacios intermedios, como los hoteles o los conciertos de música clásica... “porque te metes allí y sabes que nadie te va a joder, ni a molestar... en casa no es lo mismo, porque sabes que pueden llamar a la puerta, por teléfono... en fin, cualquier interrupción, porque estás disponible... en cambio, en los espacios intermedios estás no-disponible”.

No hace mucho, estuvo en Castellón pronunciando una conferencia titulada “Mirada: imágenes y palabras (El cine y la literatura)”. Tras el acto tuvo la amabilidad de atender nuestro requerimiento y charlar con nosotros para Ulises, la revista —según nos confesó— “más interesante que he leído últimamente”.

Se cuenta que, a principios de siglo, un loco dejó escrito en los muros de un manicomio: «Viajo para conocer mi geografía». La primera pregunta —en realidad, triple— parece obligada, ¿cuándo, cómo y por qué te iniciaste en los misterios lisérgicos, en esa ardua tarea, no exenta de belleza, que implica el recorrido de espacios interiores?

La verdad es que ya casi ni me acuerdo... André Malraux decía que “a los 20 años, más o menos, las almas se compran y se venden para su futuro” y, luego, añadía: “¡Ay del que no tenga nada que vender!”. Pues yo empecé a tomar ácido a mediados de los 60, cuando tenía esa edad en que, según Malraux, se compran y se venden las almas. Quiero decir que la experiencia con ácido implica una toma de decisión de ampliar horizontes y, sin duda, yo no
puedo decir que cuando empecé a tomar substancias visionarias pensara que me iban a abrir el mundo, es decir, el mundo de la psiquedelia... ¡Si prácticamente, en aquel momento, ni siquiera existía el término psiquedelia! En fin, supongo que respondería, pura y simplemente, a un deseo de aventura, que es, en definitiva, lo que uno busca. Además, se da la circunstancia de que cuando tomé ácido por primera vez, hacía poco tiempo que había probado la hierba, precisamente con Tono Escohotado. Al principio, no sabíamos cómo se fumaba; así que nos dedicábamos a hacer unos canutos como pitillos de tabaco y fumábamos dos o tres seguidos, por barba, de manera que acabábamos cogiendo unos colocones bastante notables. Entonces, la primera vez que tomamos ácido, a mí no me sorprendió el viaje tanto —creo recordar que a Tono Esco-hotado le pasó lo mismo y que alguna vez después lo hemos comentado—, porque ya era una cosa como anunciada. Desde luego, era distinto, pero la hierba ya nos había como entrenado. De todos modos, lo de mantener una actitud visionaria —digámoslo así— del mundo, en mi caso, viene por la literatura y los beat. Vamos, de eso no me cabe ninguna duda. Y en concreto por Kerouac, Ginsberg y Burroughs... contaban unas experiencias, hacían un tipo de literatura... vivían en el mundo del jazz de la época, del rock & roll que empezaba a sonar... eran gente que hacían unas cosas que te gustaban y, además, te explicaban y... así, de pronto, pasaron a representar ciertos modelos. Por datos paralelos sabías que uno de sus elementos fundamentales era el consumo de este tipo de substancias, y entonces, naturalmente, las buscabas. Igual que, cuando te gusta el libro de un autor, buscas el siguiente, cuando encuentras un tipo de experiencia descrita que te gusta, tratas de reproducirla, de tenerla tú también. Puede decirse que conocí teorías del consumo de ácido, aunque la diferencia es que mi consumo inicial coincidió prácticamente con el comienzo del consumo en general. No había, digamos, bibliografía, ni siquiera experiencias relatadas. Bueno, tenía algunas referencias, como los ensayos de Huxley con mescalina y psilocibina e incluso algún que otro libro de carácter general que describía las experiencias de Wasson con hongos, pero básicamente para mí se trataba de un terreno inexplorado. Todavía recuerdo cuando escuché el primer disco de los Doors. Debía ser a principios de 1967, que es cuando salió el disco. Es decir, era en el mismo momento, era contemporáneo... parecía contener claves que yo no tenía, pero, en realidad, hablaba de lo mismo que yo estaba buscando... Con el tiempo te das cuenta de que estaba contando lo mismo que tú, pero la sensación entonces es de que tú eras tu propio gurú, que no había nadie... ciertamente había indicaciones, pero no en el sentido de “haz esto” o “haz lo otro”, sino una línea que tenías que ir experimentando.

Muchos todavía no se han enterado, ¿por qué propones el término «psiquedelia», en vez de «psicodelia», cuyo uso parece ser que goza de mayor aceptación en nuestro entorno cultural más inmediato?

En principio, respondía a un esnobismo. El hecho de utilizar el término “psiquedelia” —por “psicodelia”— daba una filiación como más antigua, más clásica... es decir, denotaba que conocías la expresión original inglesa. Sin embargo, y esnobismos aparte, en inglés, donde naturalmente existen palabras que empiezan con el prefijo “psico” (como por ejemplo, psychology, psychopathic o psychosis), también se podría haber derivado perfectamente el término psychodelic, pero se prefirió la palabra psychedelic que se aparta más, digamos, del terreno clínico, respetando mejor el significado de la raíz etimológica griega... “psiké” en sentido de espíritu. Ya te digo, inicialmente me pareció más original y bonita, pero reconozco que es una batalla perdida.

Parece ser que fue Eduardo Haro Ibars quien a propósito de tu primera novela, “Cuando 900 mil Mach aprox”, comentó que «era lo más parecido a un viaje de ácido que había leído nunca». Por otra parte, tu tercera novela, “Entre espacios intermedios: WHAAM!”, lleva por subtítulo “Manual de operaciones psiquedélico-dantescas”. Incluso creo que, en su día, algún crítico se refirió a tu estilo literario como «realismo psiquedélico». ¿Qué papel juega el bagaje psiquedélico dentro de tu proyecto literario?

A mi me parece fundamental (por lo mismo que antes citaba a Malraux). En la experiencia de un escritor, y de las personas en general, influyen acontecimientos importantes, y uno de los acontecimientos más importantes que han ocurrido en mi vida ha sido descubrir el mundo de la psiquedelia. Entonces, dado que mi interés inicial era literario, traté de reproducir algunos de los efectos psiquedélicos. Es decir, procuré no describirlos, sino demostrarlos, ¿en-tiendes? Después intenté la experiencia ingenua de escribir viajando de ácido. Entonces, lo más que conseguí fueron grandes escrituras que consistían, por ejemplo, en un punto. El punto era... TODO. Otra vez descubrí —recuerdo que lo vi perfectamente— la cuadratura del círculo. La podía ver en el tiempo y el espacio. En fin, ese tipo de cosas.

Vale, pero lo de «operaciones psiquedélico-dantescas»...

¡Ah, eso! [Risas]. Verás, es que una de las corrientes que más me ha gustado de la literatura es la ciencia-ficción. Ahora menos, porque me parece que ya no existe el futuro, que tú y yo somos, en realidad, el futuro, y estamos aquí y ahora. La ciencia-ficción... en fin, las últimas cosas que he leído desde el ciberpunk para acá me parece que están contando cosas del pasado y, en consecuencia, no me parecen suficientemente divertidas. Bueno, volviendo a lo psiquedélico-dantesco, yo estudié filología italiana e inicié un proyecto de tesis doctoral sobre Dante y la ciencia-ficción. La tesis nunca la terminé porque me dediqué a otras aventuras psiquedélicas, más propiamente dichas. Me parecía que el mundo que describía Dante se adaptaba como un mandala literario a ciertos mundos que yo podía ver en ácido o psilocibina. Y por eso me parecía psiquedélico, pero, como era literario, resultaba dantesco. La verdad es que yo tengo un lado apocalíptico en ese sentido. La bomba atómica, el fin del mundo y tal es una historia que me apasiona. Quiero decirte que llevo muchos años esperando ser testigo de ese final y, a ser posible, desde la primera fila, ¿entiendes? Entonces, lo dantesco se corresponde justamente a la idea que tengo —en ácido o sin ácido— de la visión definitiva.

El personaje central de tu última novela publicada, “Botas de cuero español”, que también es escritor, en un momento dado, cuando se ve asaltado por el recuerdo de su primera experiencia con LSD, resuelve inmediatamente: «No sigo por ahí. Siempre he encontrado muy aburridas las descripciones de lo que se siente en un viaje de ácido». Aunque su descripción resulte aburrida, ¿hasta qué punto puede verse enriquecido o estimulado el proceso de creación literaria con la experiencia que se deriva del uso de drogas visionarias?

Efectivamente, siempre he encontrado muy aburridas las descripciones escritas de viajes psiquedélicos; además, son como patterns, se repiten unas a otras. Por eso antes te hablaba de demostrar literariamente sus efectos, no de describirlos. Por lo demás, no creo que porque alguien tome un ácido o fume unos canutos vaya a escribir mejor... para nada. Pero sí me parece que grandes experiencias o importantes experiencias —y la psiquedélica lo es— pueden modificar profundamente la visión del mundo. Una experiencia decisiva para cualquier ser humano puede ser, por ejemplo, la muerte de un ser amado. De hecho, la muerte de un ser muy querido ha inspirado algunas de las grandes obras literarias. Sin embargo, a nadie se le ocurrirá pensar que los autores de esas obras las estaban escribiendo mientras se estaba muriendo su ser amado. Por eso antes te hablaba de la ingenuidad que conlleva cualquier intento de escribir en ácido. Sin embargo, la experiencia psiquedélica permanece como algo realmente importante. En mi caso, lo digo sinceramente
—ahora mismo me entran escalofríos al decirlo—, puede ser tan importante como la muerte del ser amado... un auténtico cataclismo... en el sentido de trascendente. Creo que entre los acontecimientos más importantes de mi vida figuran el haber conocido a la mujer con la que llevo más de veinticinco años conviviendo, el haber tomado la decisión de dedicarme a escribir y no atarme a ciertas cosas, el llevar una determinada vida al margen de ciertos convencionalismos... pues eso es tan importante como haber tomado ácido.

Digamos que yo tenía una visión del mundo que no se ajustaba con la idea del mundo en el cual vivimos... no sé, como una sensación... que el ácido vino a confirmarme. Hay una frase de James Joyce, en su novela Ulises, que dice: “La historia es una pesadilla de la que uno intenta despertar”. En definitiva, corresponde un poco a esto. Por lo demás, creo que es una sensación eterna del ser humano... La cultura está hecha de esa sensación, o sea, que creo estar diciendo algo que es compartible por el ser humano desde siempre.

Viajemos un poco a través del túnel del tiempo. En febrero de 1979 la revista El Viejo Topo publicó un extenso trabajo tuyo en el que proponías una reconsideración sobre la experiencia psiquedélica. ¿Qué te motivó a formular semejante replanteamiento en aquel momento en que, por así decirlo, la droga de moda comenzaba a ser la heroína, precisamente en detrimento de los psiquedélicos?

Pues, no lo sé. Algunas veces me lo he preguntado, no creas... Supongo que porque en aquel momento las drogas habían comenzado a perder glamour. Desde luego, antes lo habían tenido. Perseguidos o no, beatniks y hippies eran tema de portada de revista, los jóvenes que nos drogábamos éramos noticia... noticia crítica, pero favorable en definitiva. La revolución de la juventud, la contracultura, o como la quisieran llamar, confería cierto glamour al hecho de drogarse... me refiero a la idea de drogarse en general. Hacia principios de los 70 —antes de la gran difusión del caballo en la calle—, en el medio en que yo me movía, empezamos a consumir opio y heroína (que nos traía un amigo, bastante listo y habilidoso, desde Amsterdam, donde tenía contacto con unos chinos). Y, claro, como venías del lado de la prohibición, por mucho que uno distinguiese, por mucho que ya nos hubiese avisado Burroughs en El almuerzo desnudo —libro que, por cierto, he traducido— de lo que él llama “la enfermedad”, de que el camino inevitable de la heroína es el cuelgue, la adicción, pues... piensas: “es la droga y me están engañando, como con los psiquedélicos”. Igual que me contaron —la Policía, en mi caso, así se lo dijo a mi mujer— que fumando canutos me iba a quedar impotente... en fin, era lo que se decía y como sabíamos... llevábamos 10 ó 12 años fumando, pues... entonces te dices “lo del cuelgue también es mentira”, ¿comprendes? pero era un estado que me pareció vacío y neutro. Y como, en realidad, no quería ese estado... aquella experiencia me decidió a no seguir picándome. Después... he conocido gente... empecé a ver ruinas... esa pérdida de tiempo... amigos con los cuales había vivido cosas importantes y que empezaban a hacer cosas que no son explicables dentro de la amistad, ¿no?

Fuiste uno de los que te percataste de lo que estaba sucediendo. Pero, ¿cómo pudo diluirse aquel fervor expansivo? ¿Dónde falló la pretendida revolución psiquedélica?

Pues, no lo sé... eso es una sensación. ¡El mundo debe de estar lleno de tratados al respecto!... ¿Qué era lo que nos creímos y qué fue lo que sucedió en un momento determinado? Nos encontramos, ya te digo, en un momento dado con una sensación —yo la he tenido, y la he compartido con gente— de que el mundo iba a cambiar... o éramos nosotros... no sé, me da igual... pero, una sensación de que había como unas —llamémoslas— vibraciones... de las cuales, yo en concreto, me sentía menos partícipe que otros... pero que, de pronto, sentías que ibas a dar un salto... En fin, al cabo de unos cuantos viajes, uno se da cuenta de que de los ácidos siempre se baja. Es una sensación que yo he lamentado siempre del ácido. Existe también esa sensación de que se trata de algo reproducido, pero que, a la vez, da miedo. Hay un momento en que tienes que tomar la decisión: “sea el viaje”. El viaje tienes que
aceptarlo, no te viene dado. Entonces, te preguntas, ¿qué va a pasar? Bueno, pues lo que pase, “allá voy”. ¡Vamos!, que las razones obedecen a un sentido de aventura... Pero, entonces, después de algunos viajes, te das cuenta de que siempre acabas bajando. No es que el recuerdo del acontecimiento no te sirva, porque, en realidad, ese acontecimiento que te está sucediendo desde el ácido es tan importante, tan gratificante, tan pleno... muchas palabras se podrían utilizar... pero, como no pertenece al ritmo de las palabras... Verás, parece ser que Ken Kesey, el autor de Alguien voló sobre el nido del cuco, después de tomar mucho ácido, no ha vuelto a escribir más novelas. Y es posible que desde el mundo del ácido veas la poca importancia de esos otros mundos, como por ejemplo el de ser un gran escritor. No recuerdo quién venía a decir algo así como: “Uno de los elementos para todo, y para la escritura desde luego, es la ambición”. La ambición... ¡hombre!, yo no diría tanto, pero para escribir siempre necesito cierto grado de ansiedad, digámoslo así. Entonces, yo creo que el ácido puede suprimir ese tipo de intereses... Volviendo a lo de antes, notabas que se había acabado el ácido y, en algunas bajadas, te encontrabas en medio de un ambiente bastante desagradable, precisamente entre la gente que te rodeaba y a la cual querías. En fin, gente que, de pronto, se encontraron en un mundo que después no daba de sí... en el vacío... y, entonces, entre 1978 y 1979, pues tuve como una reconsideración de mi postura... la prueba es que dejé constancia por escrito. A lo mejor, por entonces yo ya llevaba uno o dos años sin tomar ácido. Había también las circunstancias de que ya no se conseguía... además, ya no tenía contactos... era eso que se empezaban a llamar “tripis”, que, claro, a mí siempre me ha parecido un término de lo más falto de consideración, ¿no?, de respeto. La verdad es que hay que tener respeto, y tomarlo en serio. Pero, ¡vamos!, fue una época que... si hablamos como los periodistas, podemos decir que los años 70 fueron bastante neutros, o sea, de poco interés escénico en esta historia de la psiquedelia que estamos viviendo. Desde luego, los 80 fueron nulos... aunque parece que en los 90 se esté despertando un poco...

A propósito de este último comentario. Te recuerdo tus propias palabras, al final de aquellas reconsideraciones tuyas, a finales de los 70: «... la historia del movimiento psiquedélico (asunto sobre el que, hasta ahora, no había tenido tiempo de reflexionar, ni de hacer recapitulaciones) sigue. Aún no puede ser contada adecuadamente. Al menos como Historia. Lo que, a lo mejor, ni maldita la falta que hace». Han pasado más de veinte años, ¿qué ha cambiado desde entonces en el horizonte del movimiento psiquedélico?

[Risas]. Se me acaba de ocurrir esa frase tan graciosa y, a la vez, tan tópica que se dice con respecto a los 60: “Si te acuerdas es que no estabas ahí”. [Risas]. Por eso lo de “ni maldita la falta que hace”, ¿no? [Más risas]. ¡Hombre!
Yo creo que... sí. Sí que han cambiado cosas en estos veinte años. Y creo que el pilar fundamental en todo esto ha sido Tono Escohotado. Me parece que la labor de Tono Escohotado con su Historia general de las drogas —y libros subsiguientes— ha sido fundamental. Desde luego, no existe una obra de ese calibre en ningún otro idioma, pero, concretamente, en este país, lo de Escohotado fue atreverse a tratar en público y sin oscurantismos de un asunto prácticamente tabú, convertido ya en problema. Fueron —y son— libros muy leídos y, a raíz de eso, Escohotado se mostró muy combativo, especialmente en Tele-visión. En un momento de-terminado, explicó racional y valientemente lo que estaba pasando —quizá porque encontró un ambiente político de cierta permisividad—, y muchos chavales de esa generación, como mi hija y sus amigos, que ahora tienen sobre los 25 años, de pronto, empezaron a comprar y fotocopiar los libros de Escohotado y a opinar con conocimiento de causa, ¿no?, con criterios. Ahora, si me preguntas por la evolución del movimiento psiquedélico... yo creo que el origen de la gente que empezó con la cultura del éxtasis —llamémosla así—, hacia finales de los 80 y principios de los 90, no está en que esa gente conociera la cultura psiquedélica, sino que después, una vez se produjo, se buscaron filiaciones. Es lo mismo que sucede con el sorprendente renacer que se está produciendo ahora con los beat, cuando se trata de unos señores que en su mayoría ya están muertos... ¡Pero si ya eran unos señores muy mayores cuando yo era un chaval y me identificaba con su modo de vida! De todos modos, lo que sí he observado, tratando con esas nuevas hornadas de chavales psiquedélicos es que, al menos en el grupo de gente en que yo me movía cuando empezamos a fumar y a tomar psiquedélicos, éramos mucho más cultos... es decir, que en seguida se citaba el “Club del Haschisch”... incluso el más ignorante sabía quienes eran Gautier y Baudelaire, aunque sólo supiera que habían sido dos ilustres drogados... pero lo sabía, ¿comprendes?, porque alguien, en un momento dado, lo había dejado caer en una conversación. O sea, había una cultura... no sé... como un pedigrí... entonces hablaba de este tipo de cosas gente que no tenía especial interés en la cultura, ni —si me apuras— en nada, pero de algún modo pertenecía al mundo de la cultura y, de pronto, aunque sólo fuera por referencias indirectas, sabía quién era Huxley, que había escrito un ensayo titulado Las puertas de la percepción, que los Doors habían tomado el nombre de ese libro... entonces, los jóvenes de ahora —al menos con los que he hablado— no suelen saber esas cosas y, claro... comprendo que son bobadas... pero a mí me gustan. Porque, siempre he pensado que cuanto más sabe uno, pues, en definitiva... más se divierte. Si sabes de más cosas, pues... más te enrollas con la gente, ¿no? Y a mí me divierte mucho charlar con la gente... saber cosas. Entonces, a mí me parece que la curiosidad esa también existe entre los chavales psiquedélicos, pero enfocada hacia terrenos distintos, ¿no?... no son los terrenos literario-vitales, cinematográficos, etc. en los cuales yo me movía a su edad.

En un seminario de la Universidad Internacio-nal Menéndez Pelayo, celebrado durante el verano de 1985, ofreciste, a modo de conferencia, una especie de crónica urbana, que más tarde se publicaría en Los Cuader-nos del Norte con el título “Madrid underground: 1963-1973”, sobre toda una generación de disidentes, que en las postrimerías del franquismo fuisteis capaces de reivindicar una cultura alternativa, una nueva sensibilidad. Sabemos qué ha sido de muchos de ellos —Antonio Escohotado, Víctor Erice, Antonio Martínez Sarrión, Eduardo Haro Ibars, Leopoldo Panero, Ricardo Franco, Alfredo Embid, Antonio Gasset... tú mismo—, digamos, a título particular, pero ¿cómo ha evolucionado, a tu juicio, aquella generación? ¿Cuáles de sus experiencias podrían resultar válidas para las nuevas hornadas de disidentes culturales?

Pues, yo creo que cierta actitud hacia la vida... Mira, los que quedamos, básicamente, seguimos haciendo lo mismo que entonces. Claro, somos señores de 50 años, unos señores mayores, que nos ganamos la vida con aquello que ya nos gustaba hace veinte años... Me refiero a esa sensación de que ser rico es como algo de mal gusto... esa actitud consumista que da un poco de vergüenza... no por cuestiones morales, sino estéticas... Huir de aquello que entonces llamábamos “carrera de ratas”... más poder, más dinero, más fama y tal... qué feo, ¿no? En realidad, siempre he desconfiado de la educación, la didáctica, la pedagogía y todo eso. De hecho, opino que la única relación que puedes tener con los chavales —y así, al menos, he intentado actuar siempre con mi hija— no debe consistir en “haz esto o haz lo otro... tal y cual”, sino en demostrar cómo se vive en una casa normal, con personas normales... que, a lo mejor, otra gente considera... libres. Yo me considero normal y siempre he intentado transmitirle un modo de vida normal, es decir, como pienso que es vivir. Conozco a padres, de mi generación, que han mandado a sus hijas a estudiar ballet, a sus hijos a judo... en fin, todo ese rollo, ya me entiendes. Claro, cuando, de pronto, los niños se han hecho mayores, los han contemplado como enemigos. Si educas a tus hijos como ricos —aunque seas rico—, porque es lo único que siempre has querido ser, rico y poderoso, pues... creo que eso siempre se vuelve contra uno. ¡El modelo! De lo que yo sí que estoy absolutamente convencido es que no tengo un modelo de cómo ser y nunca lo tuve. En cambio, siempre he sabido aquello que no quería ser... eso siempre lo he tenido clarísimo. Yo mismo, soy escritor... vivo de escribir... porque es lo que siempre he querido, y me gusta. Para mí, la literatura proporciona un elemento de continuidad y, a la vez, de irrealidad a mi vida cotidiana. Lo que me interesa de la literatura es que me permite evolucionar en un mundo paralelo todo el rato. Quiero decir que, como no creo que este mundo exista en realidad, la literatura me permite estar siempre en otro mundo... Pero, aparte de escribir, yo nunca me he visto —cuando uno, a veces, se piensa a sí mismo, no sé... yendo solo por la calle— un escritor. ¡Qué imagen... y tal! Yo siempre me he considerado un tío psiquedélico, un chaval psiquedélico que anda por ahí, ¿comprendes?

Parece ser que a lo largo de estos últimos años se está produciendo una especie de reverdecimiento del antiguo espíritu expansivo. Eventos multitudinarios como la celebración de los Encuentros Psiquedélicos en el Centre de Cultura Contempo-rània de Barcelona, la publicación de libros como los seriados en la Colección Cogniciones (Los Libros de la Liebre de Marzo) o la aparición de revistas como Ulises parecen confirmar este presagio. ¿Wishful thinking, como dirían los anglosajones? ¿Un vaivén más de la moda? ¿Recuperación de cierta estética? O, por el contrario, ¿cabe pensar que estamos asistiendo a una nueva toma de conciencia más o menos colectiva en este sentido?

Bueno, antes te hablaba del papel fundamental de Tono Escohotado en todo esto... pero, sin duda, hay más. Por ejemplo, como en Holanda se han liberalizado bastante todas estas cuestiones y actualmente hay más posibilidades de contactos -a través de Internet y el correo electrónico-, los viajes son más fáciles, etc., pues, entonces, se está produciendo un renacer. Yo así lo creo. El hecho de que existan publicaciones como las que mencionabas... en fin, revistas como Ulises, o Cáñamo, o Mundo High o... ¿cómo se llama esa otra que editan en Zaragoza?... ¡ah, sí!... El Cogollo... Se trata de algo impensable... inédito en estos últimos veinte años... Jamás hubiera llegado a sospechar en 1978 que en 1998 existiese todo este interés, no sólo intelectual por el asunto, sino también práctico, pues ahí tienes, por ejemplo, el auge del autocultivo de cannabis con fines de autoabastecimiento, de autoconsumo...

Tu interés por el budismo viene de largo. De hecho, antes que se pusiera de moda en Hollywood ya publicaste un libro sobre budismo Zen. Por enlazar dos de los temas centrales de esta revista, ¿cómo has llegado a integrar experiencia psiquedélica y budismo Zen en tu trayectoria personal?

Mi interés por el budismo zen coincide con mi interés por los psiquedélicos y... en realidad, coincide con la lectura de Los vagabundos del Dharma, de Kerouac... Es muy curioso, ahora que lo pienso, porque la primavera pasada estaba en un retiro zen —llamémoslo así... porque, en realidad, aquello parecía una especie de concurso a ver quién aguantaba más meditando— y en un descanso estuve hablando con un chaval catalán, de unos 22 ó 23 años, que estudiaba Historia y... entonces me hizo gracia porque este chaval me dijo que estaba leyendo Los vagabundos del Dharma y que su interés por el Zen se debía precisamente a ese libro de Kerouac... y lo más gracioso es que estaba leyendo la traducción mía [risas]... claro, y me preguntaba asombrado: “¿Tú eres ése... el que la ha traducido”... Además, me acuerdo perfectamente de que es el primer libro que me regaló María de Calonje, mi mujer. Bueno, como te decía, mi interés por el budismo zen fue contemporáneo a tomar ácido y contemporáneo también a la aventura de Kerouac y, por otra parte, había otro libro... la versión que hizo Timothy Leary del Bardo Thodol o Libro de los Muertos Tibetano, adaptada al viaje psiquedélico.Entonces, en el año 65 ó 66, yo hice una traducción al castellano de la versión inglesa de Leary. Fue el primer libro que he traducido. Nunca llegó a publicarse, ya que lo hice exclusivamente por interés personal, —digamos— para uso interno. Bueno, hice fotocopias que quizá todavía conserven amigos... Yo tengo un ejemplar... El caso es que el libro está hecho para ser leído por otro... y yo, por ejemplo, lo utilicé en tiempos -lo he leído o me lo han leído- para determinados momentos en experiencias difíciles, en... malos viajes... porque describe bastante bien los estados psiquedélicos intermedios. Ya sabes que los tibetanos consideran que entre la muerte del ser humano y el momento en que muere de verdad y, de hecho, se integra en el Karma, transcurren cuarenta días. Y durante ese tiempo es cuando se le va leyendo el Bardo Thodol o Libro de los Muertos. La lectura es como un ánimo al alma ante los peligros que va encontrando. Los peligros son visiones... ¡Hombre!, en el original tibetano, traducido literalmente, sin adaptar, se habla de dragones, dioses y demás figuras míticas... En la versión mía adaptada incluía hasta... ¡morcillas!... quiero decirte que, junto a ideas zen, ... ponía cosas que a mí se me ocurrían, no sé... frases que me parecía que venían a cuento. Lógicamente, a mi me interesó mucho el budismo en general. Ya venía con esto del zen y, bueno, luego me he puesto a estudiar japonés... A mi me gusta mucho la estética japonesa... el mundo del Koan y del Haiku, que vienen de ahí, son poemas de inspiración zen y a mí me parecen prodigiosos literariamente. Pues bien, el libro ése que
mencionabas lo publiqué en colaboración con Alfredo Embid... de hecho, él se encargó de recopilar y hacerme llegar toda la documentación necesaria —yo estaba en casa, convaleciente de hepatitis, consecuencia, creo, de algún pico de caballo—, y... el caso es que seguí interesándome por el zen, pero intelectualmente, o sea, como ejercicio mental. Así hasta hace unos 6 ó 7 años, cuando empecé a practicar yoga. Al principio, lo hacía para relajarme, y tal; pero, inmediatamente noté cómo cambió mi actitud: me empezaron a interesar las posturas... a descubrir el cuerpo, no sólo la mente. Al cabo de unos meses, mi profesora de yoga me habló del centro Luz Serena, de Requena (Valencia), donde se celebraba una sesión intensiva de meditación zen durante un fin de semana. Fui y después empecé a practicar solo, por mi cuenta, y... entonces comencé a conseguir... pues, ciertos estados mentales que... yo no digo que sean iguales que los psiquedélicos, pero... a mí me están interesando lo suficiente, y voy intuyendo que me pueden llevar a experiencias tan importantes como las psiquedélicas o demás acontecimientos importantes de mi vida. Tengo la sensación que de nuevo he vuelto a meterme en una gran aventura, ¿comprendes?, porque, a veces, tengo miedo y, a veces, no sé a dónde voy a ir a parar. Y lo más curioso, para mí, es que esa aventura está unida al cuerpo, porque va unida a una postura física, a unos ejercicios, a una respiración, y... entonces, estoy realmente asombrado. Siento que debo renunciar a la inteligencia por primera vez en mi vida para poder avanzar.

En realidad, no es que tenga que renunciar... es que no me sirven todos los elementos que hasta ahora yo creía que servían. Tengo que poner en juego otras partes, que están en mí mismo, pero que nunca antes había puesto en juego. Entonces, ¡claro!, ahora me encuentro como metido en una gran aventura...

Pues, aunque sólo sea por esa sensación, creo que ya merece la pena...

Sí. Naturalmente, uno es como es, y... entonces, ya estoy escribiendo sobre el asunto... todavía no sé cuándo lo acabaré, ni si lo publicaré con mi nombre o bajo seudónimo, pero estoy escribiendo un ensayo sobre budismo zen... No creo que se pa-rezca en nada, pero... por como me lo he planteado... quizá recuerde un poco ese libro maravilloso que es El zen y el arte del mantenimiento de la motocicleta. Verás, no es que yo sea crítico con el zen, puesto que soy un practicante. Pero sí soy crítico con ciertas prácticas y actitudes. Entonces, al hablar de ellas, utilizo ese tipo de narración para desarrollar una teoría... y lo estoy haciendo sobre mis experiencias con el zen, en las cuales, naturalmente, entran elementos personales... porque, en definitiva, y sin renunciar en absoluto a la ortodoxia, pero prescindiendo de ciertos elementos japoneses-digamos, exclusivamente de carácter local-, pienso que el zen es perfectamente adaptable y válido al modo de hacer occidental.
Lo que pasa es que las teorías... escribirlas enteras, desarrollarlas... me suele aburrir. Mi forma de explicar las cosas está llena de disgresiones... Yo no pienso de manera lineal... hablo con disgresiones. Digamos que voy haciendo una especie de mosaico con mis pensamientos, de manera que, al final, conforme la idea de lo que quiero decir. Es decir, aunque vaya por los lados, al final, retomo lo que quería decir y acabo desarrollando un discurso, ¿no?

Estamos seguros de ello, así que esperaremos a que acabe ese “mosaico” zen y se publique. En compañía de Mariano Antolín Rato, escuchándolo, el tiempo pasa volando. Queda lo justo para no perder el tren que debe tomar hasta Madrid. Lo acompañamos hasta la estación y allí despedimos, con abrazo fraternal, a este espíritu aventurero, agradeciéndole, una vez más, su atención y disponibilidad.
¡Suerte, viajero!...
¡Hasta siempre, amigo!