El nuevo ritual del baile
                                                           Alaska

 

En 1987 los ingleses vivían lo que se llamó el “Verano del amor”, el descubrimiento vía Ibiza del uso lúdico de MDMA y de las músicas y actitudes que acompañaron ese consumo. Inicialmente, el fenómeno no me podía interesar menos. Para mi generación, Ibiza no era más que un reducto de hippies y progres anclados en un anacronismo que hacía insalvable la barrera generacional. No me interesaban las drogas que conocía y menos como las consumían las personas de mi entorno, nunca había probado un enteógeno, ¿qué sentido tenía tomarse un ácido en Rockola para reír sin parar? Buena parte de los años conocidos como la “movida” me los pasé encerrada en casa leyendo a los místicos españoles y novelas medievales de caballería. Estaba claramente desubicada, apenas salía, ni me relacionaba con nadie.

Leyendo las noticias que publicaba la prensa inglesa debí intuir que el éxtasis podía ser interesante para mi atormentado espíritu. No recuerdo el orden de los acontecimientos ¿qué fue primero, la ingestión de la substancia o el descubrimiento de estas nuevas músicas? No consigo acordarme, acaso no tenga importancia. El naciente house, sobre todo en su vertiente acid se convirtió para mí en un revulsivo tan importante como antes lo fueron el glam y el punk. Además, hubo un furor colectivo que hizo que la fiebre llegara a Madrid (con retraso, como siempre) y se convirtiera en el “Invierno del amor”. Salíamos a bailar juntos mientras descubríamos las cualidades entactógenas de la MDMA. En las discotecas se disfrutaba un ambiente empático que unió a personas de generaciones diferentes.

Comenzó una nueva etapa de mi vida, no solo a nivel musical, pues el disco que grabamos entonces (“Fan Fatal”, el último de Dinarama antes de comenzar mi etapa con Fangoria) se llenó de este nuevo entusiasmo y de influencias musicales recién adquiridas. Pero lo más importante fue la conciencia de una nueva sensualidad y extroversión, de una autovaloración más digna, casi podría decir que mi oscura etapa mística daba paso a un saludable ego-trip.

El tiempo lo pone todo en su lugar y mi vena espiritual volvió a emerger, pero ahora conocía el camino, sabía que quería ir más allá del éxtasis y que la vía estaba en los enteógenos. En 1992 buscaba el conocimiento en los libros (digamos que tenía aprobada la teoría, pero no sabía como iniciarme en la praxis). Me encontraba leyendo Insight, outlook de Albert Hofmann (Mundo interior, mundo exterior. Liebre de Marzo, 1997) cuando el destino quiso que nos encontráramos compartiendo un curso de verano en El Escorial. Antonio Escohotado ofició una iniciación que nunca podré agradecer lo bastante. Descubrí la maravillosa y necesaria disolución del Ego que produce la LSD. Por supuesto que esto también tuvo incidencia en mi música, dejé de necesitar el ritmo para buscar sonidos más envolventes, y así me convertí en discjockey de ambient, buscando compartir con los demás las sensaciones del viaje interior a través de la música adecuada.

He necesitado hacer esta introducción biográfica pues no me es ajeno que muchas personas pueden conocerme sin saber de mi interés-dedicación por la “causa” de las drogas sagradas. A veces los periodistas se quedan con cara de no entender nada cuando les explico que una experiencia maravillosa de LSD-MDMA vivida en el lugar sagrado del Oráculo de Delfos (previa visita a los restos de Eleusis) me hizo tomar la decisión de estudiar historia y antropología. O sea, que “la droga” no me llevó ala “perdición”, sino a la Universidad. Lo que voy a exponer a continuación, si bien ha nacido de la reflexión, pasa necesariamente por la experiencia, por lo que he considerado importante “poneros en antecedentes.”

En una ocasión participé en unos rituales de danza sagrada con un grupo de gnawas del norte de Marruecos en una experiencia organizada por José María Poveda. Observando a los participantes, percibí claramente el concepto del que hablaban The Shamen en sus discos o Terence Mckenna en sus primeras conferencias, “el nuevo tambor chamánico”. Aquellas personas abandonadas a un baile convulsivo y carente de coreografía no eran conscientes de llevar a cabo un ritual que en nada se diferenciaba del que sus hijos oficiaban cada fin de semana en las discotecas, y al que por supuesto nunca se les ocurría concederle el carácter de ceremonia. Yo era la única que había vivido las dos situaciones y pude darme cuenta de la similitud.

La danza sagrada tradicional pasa por el trance chamánico, inducido por el golpear del tambor. La música es una droga en sí misma, la candencia de una percusión repetitiva basada en el ritmo de los graves y la incorporación de sonidos más agudos le da una cualidad mántrica, capaz de inducir a un trance, cinético o estático. El aspecto ritual del baile también es importante. Es una experiencia sensorial que abarca los cinco sentidos. Hay un aspecto pagano, tribal, en el hecho de participar del baile colectivo, una conexión con lo más arcaico de nuestro ser.La cultura de la música de baile actual lo único que hace es revivir de forma inconsciente las técnicas arcaicas del éxtasis. Esas músicas “que suenan igual” y “que no son más que ruido” (¿no decían eso tus padres del rock’n’roll?) siguen las pautas de los ritmos chamánicos, apoyadas por las nuevas tecnologías audiovisuales. El volumen es importante, así como las luces estroboscópicas (que en individuos sensibles pueden producir episodios de epilepsia: característica documentada de algunos chamanes del pasado) y las imágenes que crean los videojockeys para la ocasión.

La investigación en este campo es seria: los madrileños Bit Mandala generan imágenes desde su ordenador, que proyectan en pantallas gigantes. Actúan como músicos que tocan en directo, solo que en vez de usar instrumentos musicales asignan imágenes a cada sonido que escuchan. Han comprobado que es muy importante que esto se haga así en vez de limitarse a lanzar una cinta de video pregrabada que más o menos se ajuste a la música que en ese momento pincha el discjockey porque si la imagen no va perfectamente sincronizada con el ritmo, se puede producir una disfunción que se manifiesta como mareo, dolor de cabeza y sensación de aturdimiento. Y por supuesto interfiere en el proceso de alcanzar un estado cercano al trance.El consumo de determinadas drogas produce cambios en la música y en el comportamiento. Las drogas visionarias han dado lugar a procesos culturales y civilizaciones, y nuestro momento presente no es una excepción. La música ha tenido siempre un carácter ritual relacionado con las prácticas sociales de la cultura.

Desde el final de la Segunda Guerra Mundial hemos asistido a la incorporación de la música en la industria de entretenimiento nacida a raíz de la valoración de la cultura juvenil y del ocio. La juventud ha marcado a partir de entonces los distintos movimientos y actitudes (rock’n’roll, beat, psiquedélia, glam, punk, tecno...), siempre unidos a la música e incluso a una determinada moda en cuanto al consumo de drogas.La juventud ha creado una cultura común transnacional apoyada en los mecanismos de comunicación de masas. Llegados a este momento, estas nuevas músicas electrónicas han cambiado ciertas pautas que parecían inamovibles. La letra ha desaparecido (el mensaje ya no está en la palabra, sino en un sentimiento físico), así como el culto a un ídolo/mito (no hay un Elvis Presley del tecno), ya no se va a adorar de forma pasiva, sino a participar de manera colectiva. Sigue habiendo un emisor con múltiples receptores, pero las reglas de entendimiento han cambiado. Por eso un discjockey en una rave o discoteca no cumple la misma función que un músico sobre un escenario, debe fundirse de forma anónima con la música y el ambiente. Considero un error, un anacronismo, la figura del discjockey estrella y la actitud de algunas personas que se empeñan en actuar como espectadores, mirando al discjockey mientras pincha en vez de olvidarse de su existencia y disfrutar con el baile.

Algunos adultos conocedores de los paisajes interiores abiertos por los enteógenos son incapaces de apreciar esta música, mientras que otros han descubierto su potencial (casi siempre porque lo han hecho de forma práctica, mezclándose con la gente en un rave y participando de la ceremonia; fue el caso de Timothy Leary y de Nicholas Saunders). De la misma forma, el consumo de MDMA cambió significativamente la forma de componer y apreciar la música de algunas consagradasestrellas del rock, que abrieron sus mentes y sus oídos a sonidos y actitudes nuevas. A veces compruebo que esta música electrónica es más apreciada por personas que probaron antes la MDMA que la LSD, pero hay demasiadas excepciones para poder hacer de esto una regla. También he notado que actualmente hay un cierto rechazo al éxtasis por quienes consideran más natural el consumo de hongos psilocibes y cannabis (les recomendaría que revisaran los conceptos de natural y artificial en la excelente obra de Jonathan Ott), quizás los mismos que prefieren acudir a raves al aire libre (los Open-air de Berlín) por encontrarse más en consonancia con la naturaleza. Puede ser también una respuesta ante otras formas más lúdicas de consumo de éxtasis mezclado con alcohol y en un momento dado con cualquier otra sustancia que se ponga por delante en una búsqueda de la recompensa inmediata, de aligerar la carga emocional embruteciendo los sentidos a base de “marcha”. Esto es lo que ha trascendido de “la ruta del bakalao” y lo que muchas personas identifican con la MDMA. Tampoco hay interés por parte de los medios de comunicación en dar otra imagen menos sensacionalista.

Yo por mi parte debo añadir que no me extraña que baje el consumo de éxtasis, teniendo en cuenta la pésima calidad de lo que se suele conseguir por ahí. A veces no me apetece arriesgarme a que me den gato por liebre, no me gustan ni el caballo ni el speed. A ver si va a ser verdad que la prohibición es un arma disuasoria que actúa con eficacia....